La puerta fue llamada veinte veces: un padre sereno y paciente
La paciencia del Mesías Prometido (as) ante las interrupciones de sus hijos ofrece una lección profunda para los padres, las familias y todos los creyentes. Este relato muestra cómo la serenidad, la fe y el amor pueden transformar incluso los momentos cotidianos en oportunidades de crecimiento espiritual.
Resumen rápido
El Mesías Prometido (as) respondió con paciencia y ternura a las repetidas interrupciones de sus hijos mientras trabajaba. Su ejemplo enseña que la verdadera paciencia nace de la confianza en Dios Altísimo y puede convertir el hogar en un espacio de amor, fe y formación espiritual.
Introducción
De adolescente, recuerdo vívidamente haber leído un relato conmovedor de la vida del Mesías Prometido (as), un hermoso incidente narrado por Hazrat Maulana Abdul Karim Sahib Sialkoti (ra), quien quedó asombrado por la paciencia y la tolerancia demostradas por Hazrat Ahmad, el Mesías Prometido (as).
La historia comienza con Hazrat Ahmad (as) sentado en el salón superior de su residencia, donde permanecía absorto en sus pensamientos mientras escribía nuevas obras; y no se trataba de simples panfletos o libros, sino de obras que se convertirían en cruciales para el futuro de la humanidad. Durante sus sesiones de escritura, el Mesías Prometido (as) tenía la costumbre de mantener la puerta cerrada.
¿Qué ocurrió cuando la puerta fue llamada veinte veces?
Hazrat Abdul Karim Sahib (ra) observó que, en una ocasión, un niño se acercó a la puerta, llamó y gritó: “¡Abba!” (padre), a lo que Hazrat Ahmad (as) se puso de pie y abrió la puerta. Su hijo entró apresuradamente en la habitación, echó un vistazo rápido y salió corriendo. Sin mostrar el menor signo de agitación, Hazrat Ahmad (as) cerró la puerta con calma y retomó su trabajo.
Apenas transcurrieron un par de minutos antes de que el mismo niño regresara, golpeara la puerta con fuerza y volviera a gritar con vehemencia: “¡Abba!”. Hazrat Ahmad (as) se levantó y abrió la puerta, pero su hijo asomó la cabeza brevemente antes de salir corriendo. El Mesías Prometido (as) continuó con su trabajo con serenidad y, cinco minutos después, el niño regresó con el mismo alboroto y volvió a gritar: “¡Abba!”.
Para asombro de Hazrat Abdul Karim Sahib (ra), Hazrat Ahmad (as) se levantó de nuevo con calma, abrió la puerta y retomó su profunda reflexión y escritura, sin mostrar hacia el niño la más mínima molestia ni reproche. ¡Hazrat Abdul Karim Sahib (ra) presenció esto al menos veinte veces en una sola sesión! Sin embargo, ni una sola vez vio que el Mesías Prometido (as) reaccionara con impaciencia o hiciera sentir al niño no deseado o una molestia.1
“¡Abba, chitti!”: la dulce respuesta de Hazrat Ahmad (as)
Mi primer encuentro con esta historia fue cuando era adolescente, un joven de mente vivaz, libre de toda responsabilidad y estrés mundano. En aquel entonces, interpreté el incidente como una respuesta muy amable del Mesías Prometido (as). Han pasado casi 30 años desde entonces y ahora, como padre —con las responsabilidades y compromisos que todos los padres comparten—, revivo la historia rodeado de niños pequeños.
No se me escapa la ironía de escribir este artículo un día después de haberle comentado a uno de mis hijos que había interrumpido una reunión mía entrando constantemente en mi oficina. Así que, permitidme confesar algo: mi yo de 2026 está simplemente asombrado por el espléndido y amoroso ejemplo que nos mostró Hazrat Ahmad (as).
Sin embargo, este incidente no es un caso aislado. Por ejemplo, Hazrat Mirza Bashir Ahmad Sahib (ra), uno de los hijos de Hazrat Ahmad (as), comparte con cariño una historia similar de su infancia. De niño, le encantaba el azúcar, al que llamaba “chitti” por su blancura; este era su apodo antes de aprender a hablar con fluidez.
Hazrat Mirza Bashir Ahmad Sahib (ra) menciona que a menudo iba a ver a su padre mientras el Mesías Prometido (as) estaba absorto en su escritura, extendía la mano y decía: “Abba, chitti”. Hazrat Ahmad (as) se apartaba cariñosamente de su trabajo, iba a la despensa y le traía azúcar a su hijo. Poco después, el niño reaparecía con su manita extendida, exclamando de nuevo: “¡Abba, chitti!”. Esta petición se repetía varias veces al día, pero Hazrat Ahmad (as) siempre atendía a su hijo con paciencia y amor.2
¿Cómo debemos repensar nuestras interrupciones?
Si alguno de nosotros se encontrara en la posición de Hazrat Ahmad (as) durante cualquiera de estos incidentes, sería comprensible que percibiera tales interrupciones como obstáculos frustrantes para el progreso o, al menos, como retrasos en la consecución de nuestros objetivos.
Sin embargo, el Mesías Prometido (as) demostró una comprensión mucho más profunda de la paciencia y la fe; una tremenda cualidad moral extraída, por la gracia de Dios Altísimo, del Sagrado Corán y la Sunna del Santo Profeta (sa). Por ejemplo, el Sagrado Corán dice a los creyentes: “Y sed pacientes, pues Al’lah no deja que se pierda la recompensa de quienes obran bien”.3
Es un versículo sencillo —aquí acompañado de una sencilla lección de la vida del Mesías Prometido (as)— pero que podría transformar profundamente nuestras vidas si lo tomáramos en serio y lo pusiéramos en práctica con sinceridad.
En ambos incidentes, independientemente de la perturbación o frustración causada, Hazrat Ahmad (as) sabía con absoluta certeza que Dios Altísimo jamás permitiría que sus esfuerzos fueran en vano como resultado de la paciencia, la tolerancia y el amor que mostró a sus hijos. Por el contrario, estos solo servirían para aumentar su éxito e inculcar los rasgos del éxito en su bendita descendencia. Y con esta comprensión, estaba en completa paz y satisfacción con el decreto de Dios Altísimo.
Esto me hizo detenerme a reflexionar. ¿Y si, en nuestra prisa e inquietud, somos nosotros mismos quienes, por impaciencia, ponemos obstáculos a nuestro propio progreso? ¿Y si el verdadero progreso no nace del movimiento constante, sino de la paciencia serena? Si nos detenemos —aunque sea brevemente— y nos sometemos a la voluntad de Dios, podemos empezar a ver lo que antes estaba oculto: un crecimiento silencioso e invisible, y el desarrollo de un plan mucho mejor que el que habíamos imaginado.
Creo que estas son realidades sutiles pero profundas de la fe.
¿Qué significa “sabrun jamilun”, la hermosa paciencia?
Sobre el tema de la paciencia ejemplar, el Sagrado Corán menciona la frase “sabrun jamilun” (hermosa paciencia) en relación con dos incidentes. Una referencia alude a Hazrat Yaqub (as) en la sura Yusuf, cuando sus hijos presentaron una túnica ensangrentada como falsa prueba de que un lobo había matado a su hijo Hazrat Yusuf (as).4 La otra se dirige al Santo Profeta (sa) en la sura al-Ma‘ariy, cuando se le instruyó a mostrar una hermosa paciencia ante los politeístas que se oponían a él.5
Los comentarios clásicos del Sagrado Corán describen la “sabrun jamilun” como un estado excepcional, o incluso el más elevado, de paciencia y tolerancia humana. Es una hermosa forma de paciencia caracterizada por la completa ausencia de descontento interno y externo con el decreto de Dios Altísimo (i‘tirad),6 una paciencia libre de inquietud, ira o agitación (sabrun la yaza‘a fih),7 y un estado que refleja una completa satisfacción (rida).
Cuando el Imam Hasan (ra) le preguntó sobre el significado de “sabrun jamilun”, el Santo Profeta (sa) respondió: “Paciencia sin quejas; quien expresa [su angustia] no ha sido verdaderamente paciente (sabrun la shakwa fihi fa-man baththa lam yasbir)”. Cada una de estas cualidades se demostró por excelencia en el ejemplo del Santo Profeta (sa) y, aunque en un contexto muy diferente, encontramos un reflejo de esta misma hermosa paciencia —arraigada en el Corán y la Sunna— en la vida de Hazrat Ahmad (as) en los ejemplos mencionados.
La paciencia del Mesías Prometido (as) y la vida familiar
La vida de un padre no es fácil. Los hijos son una inmensa bendición y una responsabilidad sagrada. El Sagrado Corán aborda este tema de manera integral, afirmando: “La riqueza y los hijos son un adorno de la vida de este mundo. Pero las buenas obras perdurables son mejores ante tu Señor en cuanto a la recompensa inmediata y en cuanto a la esperanza futura”.8
La primera implicación es que la riqueza y los hijos pueden distraernos de nuestro verdadero propósito. Sin embargo, la riqueza invertida en la causa de Dios y los hijos criados según el propósito superior del islam se convierten en un medio de recompensa duradera y una bendita continuación del legado espiritual.
El Sagrado Corán, el ejemplo del Santo Profeta (sa) y la orientación reciente del Mesías Prometido (as) y sus Jalifas nos guían hacia la perseverancia y la fidelidad.
Conclusión
Quizás, entonces, la verdadera prueba y lección en relación con la paciencia no se encuentre simplemente en cuánto logramos, sino en la manera en que respondemos cuando nuestros planes se ven aparentemente interrumpidos o frustrados. El Sagrado Corán deja claro que el creyente debe “buscar ayuda mediante la paciencia y la oración”.9
Si tan solo una fracción de la paciencia del Mesías Prometido (as) se reflejara en nuestros hogares, ¿cuán diferente se sentirían nuestros hijos en nuestra presencia? ¿Cuán fértiles se volverían nuestros hogares y con cuánta abundancia florecerían las semillas que se siembran en ellos?
Quizás sea durante las interrupciones cuando Dios Altísimo nos ayuda a comprender mejor quiénes somos realmente. Espero aprender de vuestras experiencias en los comentarios a continuación: momentos en los que la paciencia fue puesta a prueba y vuestra fe en Dios Altísimo produjo el mejor resultado.
Notas al pie Seerat Hazrat Masih-e-Maud, pág. 35. Seerat ul-Mahdi, parte 3, págs. 823-824, narración 972. Sura Hud, capítulo 11, versículo 116. Sura Yusuf, capítulo 12, versículos 19 y 84. Sura al-Ma‘ariy, capítulo 70, versículo 6. El Imam al-Razi escribe al respecto: “Así pues, la paciencia es cuando una persona reconoce que Quien ha enviado esa prueba es Al’lah, el Altísimo; entonces sabe que Al’lah, Glorificado sea, es el Dueño de todo dominio, y no puede haber objeción alguna a la forma en que el Dueño dispone de Su dominio. Por lo tanto, cuando el corazón se sumerge por completo en esta realidad, la persona no puede quejarse”. Añade: “El segundo aspecto es saber que quien envía esta prueba es Sapientísimo y no actúa por ignorancia (hakimun la yajhal), Omnisciente y no pasa por alto (‘alimun la yaghfal), Consciente de todo y no olvida (‘alimun la yansa), Misericordioso y no actúa injustamente (rahimun la yatgha). Y cuando esto es así, entonces todo lo que procede de Él es sabiduría y rectitud; por lo tanto, en ese momento, uno guarda silencio y no objeta”. Fakhr al-Din al-Razi, Mafatih al-Ghayb, 12:19. Al-Tabari, Yami‘ al-Bayan ‘an Ta’wil Ay al-Quran, 70:6; al-Qurtubi, Al-Yami‘ li-Ahkam al-Quran, 70:6. Sura al-Kahf, capítulo 18, versículo 47. Sura al-Baqarah, capítulo 2, versículo 46.
Traducido Por Hareem Ahmed Choudhry