La manera de llegar a Dios en esta vida según el islam Ahmadíat

La manera de llegar a Dios en esta vida según el islam Ahmadíat

La manera de llegar a Dios es lograr esa meta en este mundo

La religión no puede limitarse a hablar de Dios: debe mostrar el camino para llegar a Él. Este texto explica, desde la perspectiva del islam Ahmadíat, cómo el ser humano puede alcanzar la certeza espiritual en esta misma vida.

A través de argumentos, ejemplos históricos y señales atribuidas al Mesías Prometido (as), el artículo presenta la unión con Dios como una realidad espiritual verificable, no como una mera esperanza futura.

Resumen rápido

El verdadero valor de una religión depende de si puede conducir al ser humano hacia Dios en esta vida. El islam Ahmadíat afirma que este encuentro espiritual es posible mediante la oración, la revelación y la manifestación de los atributos divinos.

Introducción

La cuarta cuestión del primer objeto de la religión se refiere a si el ser humano puede llegar a Dios y si existe una religión que proclame que tal cosa es posible. Se trata de una cuestión trascendental, porque el valor real de toda religión depende de su respuesta. Toda persona guiada por sus instintos naturales, si no los ignora voluntariamente, debe sentir que la función esencial de la religión es señalar el camino hacia Dios y conducir al ser humano a Él. Todas las demás cuestiones son subsidiarias.

Si una religión expone los atributos de Dios, pone énfasis en Su Unidad, exhorta a sus fieles a amarle con sinceridad, establece modelos de adoración, pero no dice nada respecto a si puede conducir al ser humano hacia Dios en esta vida, sus enseñanzas quedan incompletas y su práctica se convierte en una pérdida de tiempo. Tal religión podría compararse con un hombre que proclama con tambores y trompetas por toda la tierra que se ha realizado un descubrimiento trascendente y que todo el mundo debe reunirse para conocerlo. Anuncia que nadie debe quedarse atrás, porque el descubrimiento es maravilloso, sin precedente, útil para todos y superior a cualquier otro hallazgo anterior.

Cuando todos se han reunido a su alrededor, abandonando trabajos y ocupaciones con un anhelo intenso por escuchar aquel descubrimiento, comienza a relatarles que se ha descubierto una tierra nueva, tan vasta que todos podrían instalarse en ella cómodamente; que está al alcance de todos, con riachuelos, manantiales, flores, frutos y toda clase de alimentos en tal abundancia que nadie tendría que disputarlos. La vida allí sería sumamente grata: el sol brillaría con todo su esplendor, sus sombras densas ofrecerían descanso y tranquilidad, y todo aquel que entrara no desearía abandonarla jamás. Así excita la curiosidad de sus oyentes, quienes preguntan con ansia por los detalles de aquella tierra maravillosa, deseando recorrerla, probar sus frutos y disfrutar de la vida que ofrece.

¿Qué significa buscar a Dios?

Él responde que, sin duda, tal tierra existe, pero que lamentablemente no conoce su ubicación exacta ni cómo llegar a ella. Añade que lo leyó en un libro que descubrió en la biblioteca de su padre y que no pudo evitar comunicarlo a los demás. No hay duda de lo que se pensaría de tal individuo. Sin embargo, existen personas que se burlan diariamente de nosotros de esta manera, sin que nadie cuestione su forma de actuar. Llaman a los hombres, pero quienes acuden a su llamada no encuentran nada, y su ansia e inquietud se intensifican.

¿Ha oído alguien hablar de personas que se enamoran de una belleza imaginaria que nadie ha visto jamás? El amor surge de la contemplación de la belleza, no de un simple relato. ¿Cómo puede, por tanto, sentir el ser humano el amor deseado hacia Dios si no Lo ha visto? En el amor, el corazón se conmueve; pero ¿cómo puede conmoverse si no se le aplica el ardor necesario? En primer lugar, los hombres deben percibir el rostro glorioso de su Amado y contemplar Su esplendor, para que sus corazones queden conmovidos y rebosantes de amor. Ninguna religión puede crear en los corazones de sus fieles un amor sincero a Dios a menos que abra la puerta a Su encuentro.

¿Cuántos abandonan sus hogares para ver a Dios?

Mirad alrededor y ved cuánta gente ama a Dios de corazón. Seguramente no más de diez entre cien mil, y aun estos creen amarlo en su imaginación. Simplemente cumplen tradiciones antiguas y continúan pisando el camino que sus antepasados hollaron en el pasado. El mundo se encuentra envuelto en oscuridad. Nadie está dispuesto a sacrificar nada por Dios. Los sacrificios que se hacen en nombre de la religión encubren, en la mayoría de los casos, patriotismo o nacionalismo. Desde los lugares más remotos de la Tierra, la gente se reúne para ver la British Exhibition; sin embargo, ¿cuántos abandonan sus hogares para ver a Dios? Piensan que no pueden verlo ni en su hogar ni fuera de él y, por tanto, no hacen esfuerzos por encontrarlo.

¿De qué nos sirve la religión si no nos lleva a Dios?

No podemos confiar nuestro bienestar espiritual únicamente a la vida futura. A ningún ser humano se le permite visitar este mundo dos veces. Si no encuentra nada en esta vida y en la vida venidera descubre que ha estado sumido en el error, ¿dónde está la solución? Si no existe Dios ni vida futura, habrá perdido su tiempo en este mundo persiguiendo una ficción. Todas las religiones afirman poder conducir a Dios en la vida futura; sin embargo, ¿cómo podemos basarnos en suposiciones en asuntos de tan trascendental importancia? Se nos dice que hagamos esto o aquello, pero lo que deseamos saber es qué hará Dios por nosotros a cambio. Nuestros actos y nuestra conducta pueden compararse con los de quien llama a una puerta; la cuestión es —en palabras de un hombre que iluminó al mundo con su luz hace 1900 años— si esta se nos abrirá o no. Si la puerta no ha de abrirse y nuestra llamada es en vano, ¿de qué nos sirve la religión? Sería un acto incongruente que podríamos haber realizado sin la guía de ninguna religión. Lo único que haría en nosotros sería crear un anhelo que no podría satisfacer. Una religión verdadera debe, por tanto, enseñarnos algo con lo que podamos abrir la puerta antes de abandonar este mundo, de forma que, antes de nuestra partida, tengamos la seguridad de haber seguido el camino recto.

Os doy la enhorabuena de que el islam, o en otras palabras, Ahmadíat, afirma enseñar el camino por el que la puerta puede ser abierta. En realidad, afirma que, a través de él, la puerta ha sido abierta a muchos que, en esta misma vida, la atravesaron y vieron el Rostro y la Majestad de Dios; y que, si Dios quiere, si lo deseáis, puede hacer lo mismo por vosotros.

¿Qué significa ver o encontrar a Dios?

Antes de explicar los medios por los que Ahmadíat conduce al ser humano a Dios, es necesario aclarar qué se entiende por ver o encontrar a Dios. Debe recordarse que Dios no es un objeto material que podamos ver con nuestros ojos físicos. Solo puede ser visto con los ojos del alma. Esto no significa que se trate de un truco de la imaginación. Tal visión espiritual de Dios es tan real e irrefutable como la visión física por la que percibimos objetos como el sol o la luna, de forma que no queda duda en la mente respecto a su existencia. Si diez millones de individuos afirmaran que no existe tal cosa como el sol, creeríamos que esos diez millones han perdido la razón. No surge duda alguna en nuestra mente acerca de si hemos visto el sol, pues lo hemos observado de tal manera que no deja resquicio a la duda.

La diferencia entre la conjetura y la realidad es que la primera resulta, por lo general, de la acción de un solo sentido. Por ejemplo, cuando alguien imagina que determinada persona se encuentra ante él y tal persona no existe, puede percatarse de su error extendiendo los brazos y comprobando que ante él solo existe espacio vacío. Si la persona existe realmente, su sentido del tacto confirmará al de la vista y su mano topará con un objeto sólido. Puede ocurrir que más de una facultad se encuentre alterada, pero ello correspondería a un estado de alteración mental, y nadie más quedaría engañado por ello. Existe, además, otra prueba que puede aplicarse para detectar mentes extraviadas: una persona que alucina puede engañarse a sí misma, pero no puede engañar a los demás. No puede enseñar a otros lo que imagina ver. Por lo tanto, cuando afirmo que, a través del islam o Ahmadíat, el ser humano puede ver a Dios, no me refiero a algo ficticio, como los fieles de muchas religiones imaginan ver a Dios, sino al verdadero encuentro con Dios, que no solo puede percibirse a través de diferentes facultades, sino que también puede mostrarse a los demás.

Sin duda, esta visión o encuentro es espiritual y no físico. En apoyo de la afirmación de que el islam así lo declara, el Sagrado Corán lo refiere en varios versículos. Al comienzo mismo del Sagrado Corán dice:

“Este es un Libro perfecto; no hay duda en él; es una guía para los justos.” (Al-Baqarah, v. 2).

Otras religiones solo proclaman convertir al ser humano en virtuoso. El islam, en cambio, no solo afirma esto, sino que lo conduce mucho más lejos. No solo enseña al ser humano sus obligaciones, sino que, cuando las ha cumplido, lo lleva a un estado más elevado y lo convierte en receptor de los favores y la atención de Dios, estableciendo entre Dios y él una relación de amor y sinceridad mutuos.

Los grados de cercanía a Dios

En otro lugar, el Sagrado Corán dice que quienes rinden perfecta obediencia a Dios y a Su Apóstol reciben de Dios una de las cuatro categorías siguientes, según sus merecimientos. Quienes alcanzan el estadio más alto de perfección son convertidos en profetas. Los que les siguen en grado son los siddiquis, es decir, los favoritos de Dios; después vienen los shahids, aquellos a quienes se ha descubierto el velo que cubría sus ojos, aunque sin alcanzar la categoría de amigos especiales de Dios.

Los siguientes en grado inferior son los salih, personas virtuosas que intentan perfeccionarse, pero que aún no han sido admitidas a la presencia íntima de Dios. Estos son los mejores compañeros, cuya compañía beneficia a los demás. Tales etapas de perfeccionamiento solo pueden alcanzarse por la gracia de Dios, y Dios conoce bien a Sus siervos. Es decir, sabe que ha dotado al ser humano con la capacidad de desarrollo ilimitado y ha puesto en su corazón el anhelo de encontrar al Amado, de forma que era necesario que Él proporcionara los medios para satisfacer el anhelo que Él mismo creó, dejando al ser humano la libertad de beneficiarse de ellos.

Citas coránicas sobre el encuentro con Dios

De nuevo dice el Sagrado Corán:

“Quienes no buscan el encuentro con Nosotros y están contentos con la vida de este mundo sintiéndose tranquilos con ella, y quienes no hacen caso de Nuestros Signos. Son aquéllos cuya morada es el Fuego por lo que han ganado”. (Yunus, v. 8-9).

En otro lugar, Dios declara:

“Mas para quien se sobrecoja ante la elevada majestad de su Señor, hay dos Jardines”. (Al-Rahman, v. 47).

Al describir de nuevo las bendiciones del Paraíso, se refiere a la bendición principal en el versículo:

“En ese día algunos rostros —los de quienes entren en el Paraíso— estarán risueños, mirando anhelantes a su Señor”. (Al-Qiyamah, v. 23-24).

De tal manera, conseguir el Paraíso en esta vida significa que el ser humano debe ver a Dios en ella y experimentar en sí mismo la existencia de Sus atributos.

En otro lugar declara:

“Acordaos, pues, de Mí y Yo me acordaré de vosotros; y sed agradecidos y no ingratos Conmigo.” (Al-Baqarah, v. 154).

Es decir, no debéis imaginar que, habiendo creado todo lo necesario para vuestro desarrollo material, dejaré de proveer vuestras necesidades más elevadas.

¿Cuál es la naturaleza del encuentro con Dios?

La cuestión siguiente es: ¿cuál es la naturaleza de este encuentro con Dios? En verdad, está por encima de la capacidad humana describir tal experiencia, esencialmente espiritual. Puede ser captada, pero difícilmente descrita de forma adecuada, de modo que solo quien la experimenta puede comprender su naturaleza.

No puede transmitirse una impresión adecuada a otra persona, pues se trata de una experiencia original, y la gente solo puede entender la naturaleza de aquellas experiencias por las que ha pasado. Por ejemplo, podemos describir el gusto del azúcar a alguien que lo haya probado, de forma que, cuando le decimos que determinada cosa es muy dulce, inmediatamente capta nuestro significado. Sin embargo, quien nunca probó el azúcar nunca sabrá completamente lo que significa “dulce”. Podemos transmitirle una idea pobre e imperfecta diferenciándolo de otras cosas que pueden ser gustadas, pero la única manera perfecta de hacerle entender lo que quiere decir “dulce” consiste en colocar un terrón de azúcar en su boca y decirle que eso es dulce. De forma similar, la naturaleza del encuentro con Dios no puede decirse en palabras. Sin embargo, como es un asunto que concierne a la fe, de la que depende todo el progreso espiritual del ser humano, Dios otorga a quienes participan de ella tales atributos que cualquiera puede percibir que mantienen una relación especial con el Dios vivo.

Al igual que una máquina cobra vida cuando se conecta a la corriente eléctrica, de manera que todos perciben que una poderosa fuerza trabaja en su interior, así ocurre con quienes alcanzan la unión con Dios. Desde el comienzo de los tiempos, el hecho de que Noé, Abraham, Moisés, Jesús y Muhammad (sa), así como los demás profetas de Dios, fueran Sus elegidos, fue proclamado al mundo únicamente a través de la manifestación de los atributos de Dios en ellos. De ninguna otra manera podía entender el resto de la gente la naturaleza de la relación que cada uno de ellos mantenía con Dios.

La verdad es que, siendo Dios Espíritu Puro, Su relación con el ser humano solo puede expresarse a través del reflejo de Sus atributos en este. Como dijo el Santo Profeta (sa):

“Si deseáis encontrar a Dios, debéis asimilar Sus atributos y adecuar vuestras vidas a ellos”.

Tres grados del conocimiento espiritual

Con los seres pertenecientes al mundo espiritual, solo puede establecerse una relación a través de un conocimiento y entendimiento perfectos. El Sagrado Corán describe este conocimiento ordenado en tres categorías o etapas. La primera categoría se conoce como ilm-ul-yaqin, es decir, el conocimiento por inferencia o deducción. En este grado, el objeto no es visible por sí mismo, pero sí sus efectos, por los que podemos deducir que tal objeto existe.

La segunda etapa es ain-ul-yaqin, es decir, el conocimiento por la vista. En esta categoría no solo son evidentes los efectos, sino también el objeto mismo, aunque su naturaleza no haya sido completamente captada. El tercer estadio es la etapa del conocimiento o experiencia perfecta: una comprensión de la naturaleza del objeto tan completa como sea posible para el ser humano, a través de la observación de sus efectos sobre los demás y la experimentación en sí mismo de tales efectos. Se denomina haq-ul-yaqin, o experiencia perfecta. Estos tres estadios pueden ilustrarse mediante el conocimiento y la experiencia del fuego.

Cuando vemos humo a distancia, deducimos que existe un fuego que lo produce, pero no podemos estar seguros, pues la vista puede confundirse y lo que imaginamos que es fuego puede ser polvo o bruma. En cambio, si nos acercamos y vemos la llama con nuestros propios ojos, nuestra certidumbre aumentará. Sin embargo, no podemos adquirir un conocimiento perfecto de la naturaleza del fuego hasta que coloquemos nuestras manos sobre él y experimentemos su efecto quemante. Existen otras subdivisiones de estas categorías, pero estas son las principales, y el ser humano se esfuerza constantemente por alcanzarlas.

La aceptación de la oración, la revelación y los atributos divinos

El islam enseña que la aceptación de la oración es un medio que capacita al ser humano para alcanzar la unión con Dios. Cuando reza a Dios, sus plegarias son aceptadas, a condición de que se hagan de manera adecuada y se continúen hasta el punto necesario para su aceptación. El Sagrado Corán dice:

“O, ¿quién responde a la persona afligida cuando invoca a Él, la libra del mal y os convierte en sucesores en la tierra? ¿Existe acaso algún dios fuera de Al-lah? Qué poco es lo que reflexionáis.” (Al-Naml, v. 63).

Este grado es accesible a todos. Dios escucha las plegarias de todo aquel que Le implora con congoja, cualquiera que sea la religión a la que pertenezca, ofreciendo así la oportunidad de entrar en contacto directo con Él y emerger del estado de duda y oscuridad.

El segundo grado de verificación es la revelación. El islam pone particular énfasis en este grado, mientras que otras religiones consideran que la puerta de la revelación ha sido cerrada de manera irrevocable. Sin embargo, la razón no puede aceptar la doctrina de que Dios, que solía hablar a Sus siervos en tiempos pasados para reafirmarles Su existencia, haya enmudecido totalmente en el presente.

El islam enseña que Dios todavía habla como solía hacerlo; todavía conversa con Sus siervos como antaño. Que Dios habla incluso ahora a Sus fieles virtuosos es afirmado de manera expresa en el Sagrado Corán:

“En cuanto a aquéllos que dicen: ‘Nuestro Señor es Al-lah’ y permanecen después perseverantes, los ángeles descienden sobre ellos, diciéndoles: ‘No temáis ni os aflijáis; regocijaos en el Jardín que se os ha prometido; somos vuestros amigos en esta vida y en el Más Allá. Allí tendréis todo lo que deseen vuestras almas, y allí tendréis todo cuanto pidáis.’” (Ha-Mim, v. 31-32).

El Mesías Prometido (as) como manifestación de los atributos divinos

En la era actual, Dios ha enviado al Mesías Prometido (as) a fin de que los hombres puedan alcanzar el conocimiento perfecto de Dios y quedar libres de la duda y la desesperación. Fue un seguidor tan perfecto del islam que alcanzó el rango de profetazgo, y Dios lo elevó a un nivel de conocimiento espiritual extraordinario. Manifestó en sí mismo los atributos divinos de una forma tan clara que quienes lo vieron quedaron maravillados, y quienes oyen hablar de ello quedan llenos de admiración.

Alcanzó el estado perfecto de conocimiento divino que excluye toda posibilidad de duda o equívoco, y halló la unión completa con Dios, que no admite separación. Quedó tan iluminado por el color divino que todo lo demás se extinguió para él. Renunció totalmente al mundo y se consagró por completo al servicio del Amado Eterno. Experimentó cada doctrina y mandamiento del islam en su propia persona, los halló perfectos y experimentó sus frutos en sí mismo. Dios lo invistió con el manto de Sus atributos, y él volvió al mundo para servir de puente y dirigir a la humanidad hacia Dios, pues solo puede elevar a otros quien ha descendido desde arriba.

Jesús dijo:

“Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo”. (Juan 3:13).

A esto podría añadirse que nadie puede guiar a otros al cielo sino quien es enviado desde el cielo. El Mesías Prometido (as), a quien Dios invistió con el manto de Su gloria y envió para guiar a la humanidad, quedó así designado y capacitado para llevar a los hombres hacia Dios.

Conclusión

El islam presenta una concepción perfecta de Dios y abre las puertas de la certeza y de la fe, de forma que los seres humanos se salven de la oscuridad y del error. Conduce a los hombres a la presencia de Dios en esta misma vida y les hace perder el temor a la muerte, porque saben que han encontrado la Verdad y han experimentado la manifestación de los atributos de Dios.

La muerte, para quien ha alcanzado este conocimiento, no es una amenaza, sino una nueva oportunidad de progreso ilimitado.

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